De donde venimos

               Al principio el Planeta, únicamente era tierra, fuego, aire y agua.

               Al principio el Planeta, hervía en su interior.

               Se sentía triste y solo. Nada habitaba en él y el agua, la tierra y el aire, eran compañeros mudos que, según pensaba, nada tenían que decir porque en ellos tampoco había nada. 

               El Planeta bullía en su interior. Su juventud y su pasión soñaban con ser algo mas que fuego por dentro y frío por fuera. Sentía que su alma y su corazón pugnaban por expresar todo lo que era, todo lo que imaginaba. Quería crear, dar forma, a esos sueños que no tenían imagen, que eran puro sentir. Pero no sabía como.

               Un día en el que estaba muy, muy aburrido, el propio aburrimiento aquietó su espíritu impetuoso y fue esa quietud interna, lo que permitió que percibiera un algo que no pudo precisar. Le pareció oír un murmullo.

               Prestó atención. Por un momento dejo de escucharse a si mismo, de lamentarse consigo mismo, de pensar en si mismo.

               Captó, si, un murmullo inteligible que parecía susurrar algo.

  • !Sssssssssoooooiiiiiiiiiiaaaaaaaiiiiiiiiii soiaiiiiiii!
  • !Sssssssssoooooiiiiiiiiiiaaaaaaaiiiiiiiii soiaiiiiiii!

               Se dio cuenta de que el rumor provenía del agua al acariciar la tierra, pero no acababa de entender. ¿Soi ai? ¿Que significaba soi ai? Puso mas atención todavía

               El Agua se esforzó mas en transmitir su mensaje. Caramba que tonto el planeta, no se enteraba de nada. Y pidió a la Tierra que la ayudara a hacerse entender. Así que las dos juntas consiguieron modular:

  • ¡Sssssstooooyyyyaaaaquiiiiii stoyaquíiiiii!
  • Essssstooooyyyyaaaaquiiiiii estoyaquiiii!
  • ¡Ahhhhhh! – Se dijo el Planeta – ¡Estoy aquí!

               Y cambiándole el humor de repente, volvió a centrarse en si mismo refunfuñando:

  • Yo también estoy aquí y que, vaya tontería.

              En vista de que la Tierra y el Agua solo sabían decir “estoy aquí, estoy aquí”, dejó de escuchar, olvidándose de que el Agua y la Tierra también eran parte de él.

               El día siguiente fue tan aburrido como el anterior, a excepción del incidente del “estoy aquí.” y el siguiente y el siguiente. El tiempo transcurría, monótono y pesado, sin variaciones aparentes, aburrido, aburrido, aburrido, Mes tras mes, año tras año.

               Y es que cuando se es tan egoísta como lo era el Planeta, únicamente la soledad y el aburrimiento podían caminar a su lado, girando y girando con él.

                Mientras tanto Agua y Tierra seguían cantando, incansables, reclamando su atención. Y llegó un momento en el que, sin ser del todo consciente de ello, aquel rumor se convirtió en acompañante inseparable de su vida.

               Cuando por fin se dio cuenta de ello, percibió que la soledad se diluía poco a poco y un sentimiento nuevo afloraba en su interior, la necesidad de compartir. Ese nuevo estado hizo que sus sentidos se potenciaran y descubrieran, de pronto, un murmullo diferente.

  • Eeeaaaaamooooosssssss eamossssss!
  • ¡Eeeaaaaamooooosssssss eamossssss!
  • ¿Eamos? Que significará “eamos”. Quiero entenderlo, de verdad, tendrás que esforzarte mas, casi no te oigo.
  • ¡Eeeaaaaamooooosssssss eamossssss!

              Con desesperación el Aire se dio cuenta de que en una superficie totalmente plana, sin recovecos donde ulular, era imposible hacerse entender. Así que, sin pensarlo dos veces, pidió ayuda a Tierra y Agua para que, juntos, pudiesen formar una voz común. El rumor y el murmullo se aunaron y por fin el joven planeta comprendió:

  • ¡Eeeesssssstoooooy aquiiiiiii estoy aquiiiiiii!
  • ¡Teeeee necesitaaaaaaamoooooossssss necesitaaaaaamooooossssss!
  • ¡Ahora lo entiendo, “estoy aquí, te necesitamos”! Pero no se que necesitáis
  • ¡Aaaaaaa tiiiiiiiiii aaaaa tiiiiii!
  • ¿A mi? – Se dijo sorprendido
  • ¡Siiiiiiiiiiii aaaaayuuuuuudaaaaanoooossssssss aaaaayuuuuudaaaanoooosssss!

               Y en el mismísimo instante en que el entendimiento alcanzó lo mas profundo de su ser, su interior estallo hacia el exterior invadiéndolo todo. Lo que su imaginación había soñado durante tanto tiempo se hizo realidad. No fueron solo las palabras lo que fue capaz de interpretar, no, fue la comprensión absoluta de que lo que impedía aflorar a su alma, era el no haber sabido compartir, el no haber sabido escuchar, el no haber sabido mirar a su alrededor.

               Surgieron montañas, valles, continentes, islas, simas. La Tierra adquirió carácter en sus arrugas. Se formaron mares y ríos que, alegremente, acariciaban y hacían cosquillas a la superficie del planeta y este, reía y reía, lleno de felicidad.

                El cielo se llenó de nubes y en su alegría, el aire lloró lagrimas negras de hollín que transformaron la aridez de los campos en lugares fértiles repletos de árboles y plantas. El Planeta se vistió de fiesta con sus mejores galas, para celebrar que, lo que solo intuía, ahora tenía forma y sentido.

               El Aire ululó, sus gracias, con claridad. Ya tenía voz para hablar.

               El Agua sintió dentro de sí, que la vida crecía. Miles de criaturas invadieron su seno, crecieron y se desarrollaron. Muchas se quedaron con ella y otras decidieron salir y ver mundo. 

               La Tierra, satisfecha, agitó su pelo de árboles, entusiasmada y toda la fragancia de las flores se esparció por los rincones mas íntimos del Planeta.

               El Planeta ya no fue egoísta nunca mas y su generosidad permitió a los demás ser generosos también. Ha pasado mucho tiempo. Él es ahora viejo y sabio. Cuando algún planeta joven se acerca a saludarlo, intenta enseñarle las cosas que, con los años, ha aprendido. Como es natural, nunca le escuchan, porque al igual que él, entonces, solo se miran a si mismos.

  • Tal vez – piensa – tengan que aprender solos.
  • Tal vez – contestan sus amigos al unísono, cada uno a su manera.

              Y el Planeta observa complacido, la noche estrellada.

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